“Recoge”, “haz los deberes”, “ponte los zapatos”, “apaga la tele”. Lo decimos una vez. Luego otra. Luego otra más. Y, casi sin darnos cuenta, subimos el tono, no porque queramos gritar, sino porque estamos agitados. Llega un punto en el que el cansancio pesa más que la situación en sí. No es solo repetir, es la sensación de que nada se queda. De que hablamos y las palabras se pierden por el camino.
Muchas familias se preguntan si su hijo no escucha, si pasa de todo o si, simplemente, no le importa. A veces, incluso, aparece la duda de si “nos está tomando el pelo” Sin embargo, en la mayoría de los casos no hay desinterés ni mala intención. Lo que hay es un proceso de aprendizaje que todavía no se ha automatizado.
Entender esto cambia mucho la mirada. Y, sobre todo, cambia la forma en la que acompañamos.
Para los adultos, muchas cosas son automáticas: levantarse, vestirse, recoger, cumplir una rutina. No necesitamos pensarlo. Nuestro cerebro ya ha hecho ese camino muchas veces. Pero en la infancia, la mayoría de esas acciones requieren un esfuerzo consciente cada vez.
El cerebro infantil funciona mucho por “momentos”, no por hábitos consolidados. Eso significa que pueden saber perfectamente qué hay que hacer… y aun así no hacerlo sin recordatorio. No porque no quieran, sino porque la memoria de trabajo se satura con facilidad. Es como si tuvieran demasiadas pestañas abiertas a la vez.
Cuando hay muchas instrucciones, prisas, estímulos o cambios de tarea, el cerebro prioriza lo inmediato y deja fuera lo que no está automatizado. Por eso parece que “se le olvida todo”, cuando en realidad lo que ocurre es que no lo tiene integrado como hábito. No es desobediencia, es inmadurez neurológica.
Además, repetir algo durante semanas o meses no garantiza que ya esté aprendido. Aprender no es solo entender una norma, es repetirla suficientes veces en contextos similares hasta que se vuelve estable. Y eso lleva tiempo. Más del que nos gustaría.
A veces también ocurre que los adultos damos por supuesto que algo ya está aprendido porque una vez lo hicieron bien. Pero el aprendizaje infantil no es definitivo a la primera. Necesita constancia, estructura y margen de error. Mucho margen.
¿Qué suele ayudar a que deje de depender tanto del recordatorio?
Más que repetir más alto o más veces, suele ayudar organizar mejor el entorno. Cuando una acción se apoya solo en la palabra del adulto, depende siempre de que alguien esté recordándola. En cambio, cuando el entorno acompaña, el niño necesita menos avisos. Y el adulto se desgasta menos.
Algunas ideas que suelen funcionar:
- Rutinas visibles y previsibles (siempre en el mismo orden).
- Menos instrucciones verbales y más señales claras: “primero esto, luego aquello”.
- Mantener las mismas pautas durante un tiempo suficiente para que se consoliden.
- Evitar añadir normas nuevas cuando las anteriores aún no están asentadas.
La coherencia no acelera el aprendizaje, pero lo hace posible. También es importante revisar cuánto pedimos de golpe. A veces esperamos que recuerden varias cosas seguidas cuando todavía no pueden sostenerlas todas a la vez. Ir paso a paso reduce mucho la sensación de estar repitiendo constantemente. Menos órdenes, más claridad.
Y, por último, aceptar que el aprendizaje necesita ensayo. Que hoy lo haga y mañana no, no significa que no avance. Significa que está en proceso. Y los procesos no son lineales.
Aquí es donde más cuesta sostenernos como adultos. Porque repetir cansa. Cansa mucho. Pero repetir no es fracasar, es acompañar mientras madura.
Educar no es conseguir que lo hagan bien y rápido. Es acompañar hasta que ya no lo necesitan. Es sostener sin rendirse antes de tiempo. Repetir no es un fracaso. Es parte del camino. Y llega un momento, aunque ahora no lo parezca, en el que deja de hacer falta.
Porque cuando un niño crece en un entorno previsible, coherente y tranquilo, el hábito se construye. Y entonces, poco a poco, ya no hay que decirlo tantas veces. No porque mágicamente “obedezca”, sino porque su cerebro ya puede hacerlo solo. Y eso también se aprende. En casa. A vuestro ritmo.
Marta Lli
Directora del Dpto. de Psicología y Orientación Escolar





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